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Twitter o la incomunicación

Repentinamente, todo el mundo está en Twitter. Desde Barack Obama y Britney Spears hasta Martha Stewart y Lance Armstrong, una larga lista de políticos, empresarios, actores, periodistas y deportistas, entre millones de otras personas, incluyéndome a mí, nos empeñamos en dar cuenta al minuto de algunas de nuestras actividades más triviales.

“Estar en Twitter” se ha convertido en el novísimo símbolo de estatus.

Para aquellos que no están familiarizados, se trata de una red social de Internet desde la cual es posible enviar mensajes a cualquiera que sea miembro de la red. Uno puede crear un círculo de amigos o comunicarse con todo el mundo; espiar los mensajes de su ex o su estrella favorita, recibir noticias al instante o reportar accidentes. La pregunta por responder es: “¿Qué estás haciendo en este momento?”. El límite son 140 caracteres.

Twitter es la última adición a la poblada aldea global, donde junto con los celulares, beepers, mensajería instantánea, Facebook, MySpace y sitios similares uno puede sentirse permanentemente comunicado, compartir novedades y reflexiones y dar a conocer alegrías y calamidades.

Muchos se asombrarían de todo lo que puede decirse en 140 caracteres. Por fascinante que parezca, es difícil escapar a la sensación de que Twitter es un agujero negro en el ciberespacio, donde millones vuelcan su vacío existencial.

Favr.com, un sitio que se ocupa de seleccionar los mensajes más interesantes de Twitter, consigna el siguiente, enviado por una tal Jessabelle, de Oregon: “La salsa en mi burrito es tan picante que me hizo ruborizar como una colegiala sorprendida jugando al doctor con el portero”.

El mundo está interconectado, es cierto, pero ¿hasta qué punto está comunicado? La comunicación y el conocimiento han sido tan drásticamente redefinidos en esta era de la informática que ya nadie sabe muy bien qué significan exactamente.

Millones de personas encuentran divertido contar lo que hacen y leer lo que hacen los demás, aunque la aventura no pase de cocinar, conocer a alguien o ir de compras. ¿De dónde surge la necesidad de vivir nuestras vidas en tiempo real, como si transcurrieran frente a una cámara?

En 1998, el director Peter Weir hizo una película titulada The Truman Show. En ella, el protagonista, Truman Burbank vive, sin saberlo, en un mundo ficticio, inventado por una productora de televisión. Su existencia se desarrolla ante la constante presencia de las cámaras y la audiencia sigue sus aventuras cotidianas como una larga telenovela.

Truman no puede escapar de ese mundo, porque hasta el cielo que admira resulta un telón pintado. Una década después, millones de personas deciden por su propia voluntad vivir sus vidas públicamente, como Truman Burbank.

Fuente: El Comercio

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